Mi voz

Puesta de sol. La Manga. Cartagena

Encontrarte maldita

disfrazada en músicas …

peregrina de vidas vacías.

Voz miserable, fortuita

invisible y camaleónica

rematada de osadía.

Túnel de mi desdicha,

pasajera de mi vida

perversa maldad de espía

repujada en cacofonías.

Egoísta sin dicha

muerte de despedida

amor de mi noche y mi día

cebo de las ironías.

Letras de mi alma

Huellas en la arena. La Manga

Con mis derviches bailando en el cuerpo

andando a gatas cual gallina ciega,

a la busca del endecasílabo

para armar el soneto de este poema.

Sin rumbo, ando a vueltas como dando tumbos

en el baile de una escena goyesca

voz tallada en mudos silencios fatuos

esencia divina, hasta quijotesca.

Escritura maldita, y siempre eterna

Mariposa de sueños, voz de mi arpa

cazadora furtiva de palabras.

Arañas mi llanto, descifras mi ansia,

rosetta de guiños en llamarada

saeta dormida, sortilegio en ascuas.

Escritura

Hortensia azul. Cartagena.

Escribir es un acto de amor

uno de los más egoístas

también de los más sinceros.

Escribir es despojarse de velos

conducir sin pensar en frenos

exorcizar los diablos,

despedirte en tus sueños.

Escribir es dejarse llevar

al abrazo del mar

dar el salto mortal

sin mirar hacia atrás.

En la carne del alma

cocinar palabras,

dar mi voz a unas letras

divagar en mis entrañas.

Garbo y Greta

Tobi. Cartagena.

Soy de pelo corto y fino. De color café, peso al menos unos cinco kilos. Lo sé por la báscula del baño y porque me aprendí las tablas de multiplicar con Sebastián cuando era pequeño. Además, tengo una mancha blanca alrededor de un ojo, el derecho. El cachorro que nació detrás mía la tenía en el izquierdo. Gemelos… Esa fue la primera palabra que escuché cuando abrí ojos. La segunda fue Greta. Por cierto, me llaman Garbo.

Por entonces creí que mi dueño se refería a la mancha. Y es que para eso los seres humanos son únicos en su especie. Me estuvo auscultando el careto, embobado como con cara de subnormal profundo. Nunca supe si Greta y yo éramos iguales. Le perdí la pista cuando abandoné aquella bolsa viscosa.

Mi madre me mordió el pellejo por la nuca y me acomodó entre sus patas. Solo recuerdo el fondo de una caja de cartón roto. Me dormí cuando se afanaba en lavarme con su lengua. Cuando quiso presentarme a Greta, mi amo ya se la había arrebatado. Ahí fue cuando entendí que lo mío es genético.

Provengo de una raza minúscula casi de juguete. Tal vez sea por eso que siempre me escondo detrás de mi dueño, cuando tropiezo en el ascensor con el rottweiler carbón de la vecina o el dálmata de arriba. Mi amo se ahoga por culpa del tabaco, ese que fumamos todos. Es su cantinela preferida cuando discute con la parienta, es decir, todos los días después de comer. Y oiga, lo hacen con puntualidad inglesa, justo a la hora en que a un servidor le toca salir a la calle, que uno tiene sus necesidades como todo hijo de vecino. Que está bien que los perros no hablamos, pero por lo demás lo hacemos todo como todo el mundo, que en eso somos iguales …, y no como los humanos que todavía andan que si blancos y negros

Mucho presumir de evolución, pero mira que son primates. Los de dos patas también son rubios, morenos, castaños, pelirrojos, grises o calvos … y hasta tienen sexo entre ellos. Tantas matemáticas y, a la primera ocasión, se sueltan la melena y perrean su mala educación.

Siempre que nos quedamos solos montamos la orquesta en el patio interior. Al fin y al cabo, somos tres en el edificio. Si me oyen pensarán que parezco un lobo, hasta que me ven y me confunden con una rata. Eso es lo más fino que me dicen …, y encima mi dueña me hace coletas y trenzas.

Mis vecinos, Pintas y Bella, el rottweiler y el dálmata, son mayores que yo, que no dejo de ser un cachorro de 21 años, tres en la vida de una persona, según el calendario perruno. Se la pasan metiéndome el morro en el culo. Solo olerlos me da miedo. Apenas alcanzo treinta centímetros. Lo sé porque el amo siempre dice que aún no superó la tercera raya de la terraza. La pared es una cinta métrica con la altura de Sebastián.

Al principio, el niño me trataba como si fuera su caballo de carreras. Siempre atado y solo en el balcón. Apenas veía a mis vecinos, aunque sí podía olerlos alternando por la calle. Yo no pisaba el barrio, salvo cinco minutos al día.

No me gusta que me digan que soy una rata. Me pone de mal genio. Seguro que Greta vive como una princesa. Ella tuvo suerte y fue adoptada por unos amigos de mis dueños. Se trasladó a una casa de campo, donde está hecha una reina mora.

Solo me entiendo con Sebastián. Es el único que me deja a mi aire. Con sus padres voy siempre con la lengua fuera. Apenas puedo respirar porque tensan la correa para sujetarme bien. La última vez les hice correr una buena maratón por el jardín.

Mi gemela tuvo más suerte y solo por unos segundos de diferencia. Aquella canija, que hoy es el doble de grande, ocupa una caseta de ladrillos rojos en mitad de un jardín, justo debajo de la higuera frente a una fuente. Lo sé porque la última vez que estuve en el campo vi a una damita ratera desde el coche. Era Greta. Huele igual que yo, por eso hoy la he reconocido enseguida. Soy enano, pero un buen sabueso.

No me sacaron por temor a que improvisásemos un recital en la siesta, pero estuve departiendo con Greta un buen rato. Me contó lo sola que se sentía en su mundo de privilegios. Las horas en los refugios privados en verano cuando sus amos se iban de vacaciones. Me hablaba de aquel hotel de lujo como si fuera la perrera. La niña de la casa le llevó un plato con costillas y yo mientras, a pienso reseco. Así estoy de famélico.

Será mi gemela, pero mira qué es pelma. No para quieta. A esta me la ventilo en un plis. Alta, guapa y encima pija… ¡Que mal repartido está el mundo! Clavo mis dientes en el solomillo del amo, que desaparece de mis fauces en dos bocados, mientras éste repone el agua en el cubo de Greta, que salta como una loca haciéndole fiestas para que juegue con ella. Lo tiene embobado. Como esto siga así veo que acabará meando mi cesta.

—Verás cuando se den cuenta—, le gruño.

—¿Quién ha cogido mi filete?, oigo gritar enojado al amo, circunstancia que aprovecho para delatar a Greta ladrándole en círculos como una fiera.

—Garboo…—, grita Sebastián, mientras mi amo encañona a Greta con su escopeta. Veo a mi gemela caer a tierra tras el tiro.

—Fue Garbo quien se comió tu filete, papá. No fue Greta—, escucho decir a Sebastián.

Video poema

Mar Mediterráneo. Aguas de la playa del Cavanna en La Manga. Cartagena.

Texto, voz y video: María Jesús Galindo Bollaín

La confesión

Cementerio de Nuestro Padre Jesús. Espinardo, Murcia.

Tomás se arrodilla ante la lápida. “Amigo, perdóname. Me siento tan miserable. La verdad es que he venido buscando a Laura porque quiero contárselo todo. Llámalo egoísmo, pero no puedo más”, susurra. El anciano apoya sus manos huesudas en el suelo para levantarse. Le tiemblan las piernas.

Es entonces cuando descubre a Laura, quien situada a su espalda lo observa en silencio. A sus pies, tiene un cubo con tierra y una botella de agua. Ha debido de plantar más flores en la tumba de Violeta. Tomás la mira confundido. Teme que lo haya oído. Hoy se cumplen cuatro décadas del accidente. Su esposa Violeta y Jaime, su mejor amigo, murieron en el acto.

—Papá, ¿qué haces aquí? Dijiste que nunca vendrías —, le dice sorprendida. Se acerca para abrazarlo y le da un beso lleno de ternura.

—Hija querida.

—Prometiste que jamás perdonarías a Jaime. Decías que él tuvo la culpa de que perdiéramos a mamá. ¿Por qué has venido?

—Laura, ya es hora de que sepas la verdad. He venido por ti, aunque temo que ésta será la última vez que estemos juntos …—, su voz se quiebra.

—No me asustes papá. Dime qué tienes por Dios—, le coge las manos.

La pareja se dirige a un banco. Solo se escucha la respiración entrecortada del viejo, de vez en cuando acompañada por el canto de un mirlo, que pasea junto a la hilera de cipreses. La tarde muere hacia el ocaso. Laura no se atreve a mirarlo. Es la primera vez que lo ve temblar y tiene miedo. Era muy niña entonces, pero se acuerda de Jaime. Él y su padre eran como Zipi y Zape. Jaime estuvo presente en los días más felices de su infancia y claro que lo echa de menos. Su madre y Jaime se fueron juntos. Ella conducía el coche.

—Cariño, tienes que saber que yo adoraba a tu madre. La quería con locura. Siempre estuve enamorado de ella, pero ella … Violeta nunca me quiso, la mira con amargura.

—¿De qué estás hablando papá? Mamá y tú os queríais—, tartamudea.

—Alma cándida—, se acongoja. El anciano no termina la frase. Sus pensamientos parecen ensombrecidos. Suspira y, justo cuando Laura va a preguntarle, retoma la conversación.

—Era verano. Estábamos de vacaciones y Jaime se quedaba a dormir conmigo. Una noche, me desperté sobresaltado por una pesadilla. Jaime no estaba en su cama. Bajé la escalera y entonces la vi. Violeta salió al jardín. La seguí hasta el establo y, no pude contenerme. Allí estaban los dos besándose …

—¿Qué dices papá?, ¿es una broma? Mamá y Jaime ¿fueron novios?

—No duró mucho. Yo no lo permití—, agita la cabeza. Tomás se levanta del banco nervioso como si quisiera huir, pero vuelve a sentarse. Su tez es cada vez más pálida. Tiene las pupilas dilatadas y los ojos vidriosos.

—Desde aquella noche solo podía pensar en Violeta. Los veía abrazados en mi mente y me cegaba la ira. A los pocos días, entré en el dormitorio de tu madre cuando dormía. Yo estaba muy ebrio. Bebía a todas horas desde que los pillé en el establo. Ya no lo soportaba más. Jaime siempre había sido el más guapo, el más listo, el mejor hijo, pero …—, se queda mudo. Las manos le sudan. Siente la ira de Laura clavada en él. Tomás tiene miedo,

—Ella tenía que ser mía. No iba a consentir que Jaime me la arrebatara. Ya se había licenciado con honores en Medicina y tenía locas a todas las chicas. Mis padres lo adoraban y yo lo odiaba.

—Tú te oyes. ¿Acaso eres consciente de lo que estás diciendo?—, le grita  alterada al descubrir una cara de su padre que desconoce.

—Déjame terminar querida. Llevo años con esta culpa y necesito que me perdones—, dice rehuyéndole ahora la mirada.

—Papá, ¿qué tienes? Vamos al hospital. No quiero escuchar más. Ven—, le coge de un brazo. Está abatida, pero su padre es lo único que tiene.

—No cariño. He llevado conmigo este secreto, pero no quiero irme con el a la tumba. Sí, esa es la verdad. Yo tenía celos de Jaime. Tu madre se casó conmigo al quedarse embarazada, pero jamás me amó como lo quería a él —Tomás sigue sentado en el banco. Laura se levanta agitada, incapaz de asimilar lo que acaba de oír. El dolor y el odio se dan cita en su cuerpo.

—Papá si ella te perdonó, yo no voy a juzgarte. Estate tranquilo y bebe. No te sofoques más quieres—, le acerca la botella de agua. Laura se recompone y mantiene la templanza.

—Todo ocurrió por mi culpa. Solo quería deshacerme de él. Yo truqué … los frenos del coche y los dos murieron. Perdí a mi Violeta.

Por fin, Tomás levanta la cabeza para mirarla, pero Laura se aparta dejándolo solo en el banco y empieza a caminar hacia la salida del camposanto como un alma en pena. El anciano rompe a llorar consciente de que hoy ha vuelto a matar. Esta vez a su hija.

Muchacha de Dalí

Muchacha en la venta de Salvador Dalí. Copia de Pilar León de Miras
(1914-2006). Cartagena.

Muchacha de Dalí

dentro de tu cuadro

me asomo junto a tí

y me pillo un catarro.

Con el azul de tu vestido

me invitas a ese mar

que siempre está colorido

y listo para embarcar.

Si el pintor supiera

lo que me provoca

antes me hubiera

llamado loca.

Felipe El Negro

No sentía el calor de la lámpara de los interrogatorios en su testa, pero adivinaba unos ojos ocultos y atentos a sus movimientos. Todavía aturdido, no terminaba de recordar cómo había llegado hasta allí. Tenía la cabeza como una olla a presión. Seguramente aquel sería un madero hijo de puta que lo había pillado desprevenido. La estancia era lo más parecido a un zulo, como esos que se gastan los terroristas en los secuestros. En estas andaba cuando sin previo aviso, se abrió una puerta y una desagradable voz masculina -algo ronca-, sacudió sus sentidos:

—¡Qué, canalla! ¿Quieres candela?

 Alzó la vista y tropezó con la cara del tipejo en cuestión, una mole que pesaría más de cien kilos lo miraba con los ojos inyectados en sangre. El hombre debía sumar unas cuarenta primaveras, pero su voz le olía a rabia contenida. Lo observaba relamerse mientras sacaba a pasear la lengua entre sus colmillos como un perro. Tenía la misma pinta que esos canes adiestrados para matarse en peleas clandestinas, donde las voces jaleantes se funden con el sudor y las apuestas. La violencia se podía palpar en el tono de aquel sujeto. Dejó correr el silencio y, pasados unos segundos, contestó con lentitud:

—Conozco mis derechos.

Nada más oír su respuesta, aquella bestia se abalanzó sobre Felipe El Negro alzando su mano en un puño, que acabó contra la pared de la cueva por la fuerza del envite. El gitano, que se había agachado para evadir el golpe, ni se inmuto. Por el contrario, sonrió para sus adentros al observar por el rabillo del ojo, como su oponente hacía lo imposible por disfrazar el dolor del puñetazo todavía tierno. Le pareció que la vena del cuello iba a explotarle de un momento a otro.

—Lo dejaste hecho un colador. Murió desangrándose como un cerdo por los pinchazos de tu navaja. ¡So animal!—,le gritó agarrándolo con fuerza por el pelo.

La punzada del tirón en su sien le impedía urdir cualquier estrategia. Una cuchillada de frío le rebanó de repente las rodillas al caer al suelo arrastrado por aquel saco de grasa. Ya fuera del agujero, lo dejó libre antes de patearle el trasero con unas botas negras con las punteras rematadas en metal. Aquel payo debía calzar un cuarenta y siete, a juzgar por el tamaño de la tunda de palos que estaba recibiendo.

Al echar un vistazo a su alrededor, observó que el corredor moría en un patio ajardinado. Fue entonces cuando se percató de que aquel púgil no era de la pasma. Un hormigueo atravesó su espalda al reconocer el claustro del convento. Después, un sudor helado atizó su nuca al descubrir los ojos de su antiguo verdugo en aquella fiera. Ya no había lugar a dudas. Era uno de los bastardos del proxeneta del pueblo. Tenía la misma mirada que, noche tras noche, se repetía en sus pesadillas. 

—Hazlo rápido. Acaba con este hijo de perra—, oyó decir a una vieja, cuya voz le resultó inconfundible. Era la madre abadesa, con ese tono siniestro, que permanecía alojado en su mente desde la infancia. La reverenda no era más que una ramera, una concubina más del cura, quien hacía horas que estaría asándose en el infierno.

Felipe El Negro se sentía acorralado. Estaba en manos de otro sádico, que lo había atrapado como a un conejo cuando huía campo a través, tras liquidar a ese hijo de Satán  en la plaza del pueblo. El pánico se apoderó de su alma sabedora de su destino. No en vano lo habían criado aquellas monjas, beatas de galería, expertas en hacer tragedias y dramas con vidas ajenas.

En cuestión de segundos volvió a sentir el peso del clérigo, que desprovisto de su alzacuellos, se restregaba contra su cuerpo. Una humedad le caló los pantalones. Conocía esa sensación. Era miedo, el mismo que sobrecogía sus carnes durante los años en que aquel hijo de perra mancilló su inocencia, antes de ser adoptado por un matrimonio de clase media.

Su mente regresó a los muros de aquella construcción religiosa, hecha de lamentos, de mártires en manos de la crueldad de unas bestias, que se amparaban bajo el manto de la Iglesia. El persistente sonido de una sirena, que parecía estar cada vez más cerca, lo sacó de su ensimismamiento. Con la garganta seca y las manos sudorosas, el gitano veía su final más próximo.

Justo cuando vio la hoja de un cuchillo camino de su yugular, se escuchó una retahíla de disparos al aire.

—¡Policía, manos arriba!—, distinguió la voz del Comisario, quien dirigiéndose al gitano le espetó: — Negro, esta vez sí acabas en la trena. Una lástima. Si hubiésemos llegado a tiempo sería el cura el que moriría entre rejas.

Mi mar

Aguas del Mediterráneo. La Manga, Cartagena.

Te he visto hecho un plato, manso y tierno

he sentido tu canto como palo de lluvia,

con tu espuma a la guitarra.

Me he perdido en tus azules

he arribado en tu isla esmeralda,

me he bañado en tus aguas.

Inmortal e infinito te pierdes en mi horizonte

me colmas de paz, me calmas el alma,

adormeces mi espíritu, frenas mis ansias.

Aquí y ahora, ayer y mañana

te descubres ante mí

cuando estoy en marejada.

En calas, puertos y playas

el Mediterráneo permanece

presto a mi llamada.

Tu mirada reviste mis alas,

y la brisa de tus olas

alimenta mi llama.

Alma en las raíces

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Ramas de un ficus sobre un banco en Los Juncos. Cartagena.

Una cohorte de hormigas sortea mis raíces. Despojadas del verde de su ornamento, las lianas se desprenden de mis ramas en busca de tierra. Son adventicias como mi afán de supervivencia, esa energía que me ata a la materia.

Hoy un dron araña mi corteza. Tengo nostalgia del peso de aquellas bolas de goma golpeándome el tronco. Esos dulces seres diminutos ya no escalan mi esqueleto, ni se refugian en el aura mántrico de mi copa. Ahora pasan horas ajenos al mundanal, ciegos ante la estética de la madre naturaleza. Absortos en la estulticia de esa tela de araña que los atrapa: internet.

Los amantes ya no pellizcan mi carne con sus letras, no exentas de alma, vida, experiencia … He combatido cientos de plagas. He salido indemne de tantas hogueras. Ni el hormigón ni el acero pudieron conmigo. Solitario permanezco en el mismo parterre, antes de piedra y hoy de metal oxidado.

Su terracota mimetiza con la arcilla del terreno. Lo vanguardista del paisaje urbano, en pugna perenne con el aura lorquiana de la naturaleza; inalterable en mis hojas, supervivientes al devenir del tiempo.

Centenario, roído por la lluvia, horadado por el viento, mi silueta se eleva por encima de áticos, azoteas sorteando miles de antenas. Sucedáneos a mi alrededor en ataúdes; en palmas y ramas de olivo; en tirachinas improvisados con cuerdas. Retazos de vidas humanas tallados en lascas, todos descansan en el mismo espacio, hijos de la misma herencia.

Temo el día en que una forma humana, provista de cuerdas y escaleras, se encarame frente a mí para podarme la melena. Y desnudo, sin el manto que envuelve mi savia, yazca en un sueño de fuego con hebras de hilos como telares, cautivo de esa red que libre supera el espacio y no entiende de tiempos.

Aunque a juzgar por mi longeva apariencia, ese miedo no es más que un fuego fatuo en lo inhóspito, reflejo de esas vidas que atesora el ámbar de mi experiencia, tuneado a gris ceniza de madera sabia, con alma, añeja …

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