Secretos

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Nácar en una oreja de mar.

No puedo inventarte. Te resistes y deshaces

cada vez más difícil, recóndita, inefable

lo invisible de mi carne, me dices que no es tarde

que le de brillo a mi sangre, respirar libre y secreta.

Escribir en cometas, entregarme en palabras

hacerte un poema, la síntesis concreta

elipsis del alma, mi esencia en unas letras

la coma de un párrafo incontable

El último intermedio, se acabó mirar atrás,

Es la hora … punto y final

Fuego

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Instalación …

Pasa el tiempo y no encuentro, el punto la materia

Es mi letra pequeña, la caligrafía negra

anacrónica historia de mis días de novela

No sé dónde agarrarme. ¡Que termine esta comedia!

Ese aparte distante es mi mundo, el océano

camuflado entre egos, chupa mi sangre el miedo

Este instante es errante, vértigo del absurdo

abstracto e inconcreto en cuerpo obsoleto

No quiero este mi reino, donde me siento lejos

Búscame entre las nubes, vuela un cuervo en el cielo

De dónde vienes lava, oscurece una estrella

El egoísmo lo siento, ¡Diablos!, vete lejos

Una indocumentada, la falsedad en Judas

Deja de huir cobarde, más amargo que el infierno

Eso quiero … irme lejos.

Mi ángel

Mi sombra en la orilla del agua. Cartagena.

En alguna ocasión, te he dicho que te quiero

un nudo en la garganta, la ignorancia el miedo

en solo unos días en mi mente un recuerdo

sobran estas palabras, me deshacen por dentro.

No entiendo esta vida si tú te vas lejos

momento infinito esa prórroga al tiempo

burlando la carne ya estás en el cielo

es tu voz un señuelo, un espíritu eterno

es la muerte implacable, lo estoy viendo y lo niego.

Duro adiós es mi sangre, dormido silencio

oigo una voz es tu ángel que sabe que te quiero

eres tú, es tu esencia, un murmullo en el viento

agarrada a este abrazo, el adiós me es ajeno

dónde vas, no te vayas … Es tu abrigo el que siento.

El miedo

Pintura en la fachada de un inmueble abandonado. Cartagena

Escuchó el sonido del teléfono desde su dormitorio. El maldito timbre retumbaba por toda la casa hasta estrellarse en sus tímpanos.

—Carla, ven al hospital.

—Pero papá…, ¿mamá, está bien?

Entonces su voz tenía miedo, igual que hoy, aunque aquel le parecía más blanco. Ha llovido demasiado desde ese día y ocurre que, esta vez siente el amargor de hiel de la muerte más próximo. Así es que tiene verdadero pánico cuando oye el timbre del aparato, el telefonillo de la calle o la puerta.

Se acuesta pensando en si será en este momento o aún se quedará con ella un día más. El abuelo los dejó cuando era una cría y ahora las canas brillan en su cabeza. El temor a escuchar el sonido del teléfono le impide conciliar el sueño.

Le cuesta horrores despertarse. Da igual si el día anterior durmió por la tarde. Las noches se le hacen cortísimas. No puede descansar. Un pensamiento negro invade su mente. De nuevo esa angustia. Es inevitable, se siente tan vulnerable y chica.

Es cierto que no se lanza a descolgar el auricular cuando suena, y aunque el sonido del móvil es diferente, en su mente todo ocurre del mismo modo. El olor del pánico la envuelve. Siente como un escalofrío y se estremece. “Es ley de vida, me consta, pero eso no significa que lo acepte fácilmente”, piensa.

Con el abuelo todo fue diferente. También él era mayor que mamá. Ella aún es joven, solo tiene ochenta años … “¡Qué estoy diciendo! No es que sea vieja, es que ya es una auténtica anciana”, suspira.

Sin embargo, para Carla su madre no es tan mayor. No ha querido ver el paso del tiempo en su cuerpo, al menos no era consciente hasta hoy. “¡Tengo miedo!”, se confiesa a sí misma.

Y, ¿por qué me acuerdo tanto del abuelo últimamente?, se cuestiona. Fue el primer ser cercano de la familia que se iba. Ella era aún una niña. Mira que he visto ataúdes desde entonces, pero aún tengo el brillo de aquella patina color cerezo en mi retina, barrunta.

Entonces sufrió en sus carnes el mercadeo que se mueve en torno a los muertos. Tal vez le afectó tanto porque adoraba a su abuelo o quizá porque fue el primero en morir de la familia que hasta entonces ella conocía. El impacto de aquel día aún vive en su memoria y eso que Carla ya es una señora madura.

“Ojalá pudiera regalarle una década de mi vida a mamá con esa energía y esas ganas de vivir que tiene. Es tan duro, tan tremendo. Aún no me lo creo y puede ser en cualquier momento”. Eos pensamientos se revuelven en su mente. Una idea le viene y al rato, otra más disparatada, vuelve a sacudir su mente.

Decide irse a la cama. Es tarde y está agotada. Estos días son tremendos. Siente que se avejenta a cada instante. Le duele el paso del tiempo. Este pensamiento machaca su cabeza.

“¡Qué injusto es este puto mundo que nos ha tocado vivir! Y que ingrato es el ser humano. Siempre queremos más. Nunca es bastante …”, se dice a sí misma.

Suena el teléfono. Es el móvil, tantea a ciegas la mesilla de noche. Las gafas se le caen al suelo y enciende el interruptor de la luz. Por fin, ve la funda de cuero sobre el cristal. Lee: “hermano” en la pantalla del aparato y siente cómo si su corazón quisiera paralizarse …

—Cariño. No te asustes. Son buenas noticias, querida—, escucha la voz sonriente de César. Está como pletórico. Cada vez entiende menos qué está pasando. Sigue teniendo miedo. No se atreve ni a preguntar …

—Nena, que soy yo. Mamá está perfectamente. Hubo un error en el informe y se confundieron de historia clínica.

—Sí Carla. Es cierto, Escucha cariño. Soy mamá y pienso seguir aquí más tiempo. ¿Me oyes, estás ahí? Hija…

Gaviota

Gaviota en la playa. La Manga.

Pintas sueños en aire

Negra, blanca y manchada

Son tus alas de hada

Gaviota en desaire

Vuelas entre donaire

Acurrucá en tu nuca

No me caigo nunca

Me haces libre mi dueña

No me siento pequeña

Cuando estoy a tu lado

Bajo el mar de tu amparo

No siento ya reparo.

Angelical, bárbaro

El viaje es inmortal

La libertad total

Mi gaviota es real

La pareja de biscuit

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Pareja de biscuit en un columpio.

Aún tuvieron que aguardar un rato en la cola. Ángel y Concha hablaban entre ellos, mientras que Lucas parecía absorto en sus pensamientos. En cuanto se abrieron las puertas, el anciano y su hija accedieron al recinto, seguidos del joven.

Ángel se había dejado en el coche el sombrero, por lo que su prominente calva relucía entre las luminosas y variopintas luces, que sobresalían allá donde pusieran la vista. Además de los clásicos colmillos de marfil, porcelana inglesa y de satsuma, así como todo tipo de bastones de finas maderas con empuñaduras trabajadas en plata y en hueso, no faltaban los bargueños con incrustaciones de ébano, nácar y palosanto; además de loza y balancines de madera. Esos caballos le encantaban al octogenario, quien consideraba que para esas piezas siempre había un hueco en su casa.

Todos los días, Ángel se cambiaba de reloj y de corbata. Su repertorio de gemelos era amplio, desde las máscaras de la ópera china hasta una simple cola de ballena de plata. Nada que ver con Lucas, el novio de su hija. Ángel no tragaba al chico. Le parecía un auténtico pelele, pero no tenía más remedio que “fastidiarse con j”. Lo mismo que le respondía a su mujer cuando él se presentaba con una nueva pieza de colección, cosa que ocurría al menos una vez al semestre.

Sabía comprar porque se movía como pez en el agua entre los clientes de subastas, casas de empeños, rastros y todos aquellos lugares donde se respiraba un olor añejo, a veces avinagrado como a humedad reseca. A Concha no parecía importarle mucho porque no se separaba de su padre. Ambos iban de la mano siempre juntos. Concha era un clon de su progenitor, aunque no entendía de antigüedades. A ella desde que salía con Lucas parecía que lo único que le importaba era la arquitectura. Al menos eso era lo que pensaba el anciano.

Concha, quien acababa de presentarle a su nuevo novio, aún no sabía si ambos encajarían porque, a siempre vista, parecían muy diferentes. La chica confiaba en el olfato de Ángel más que en ella misma. Esta vez lo tenía muy claro. Si el chico no era del gusto del anciano se lo pensaría. Tampoco llevaban tanto tiempo juntos y estaba demasiado escarmentada. Se guiaría por el instinto del experto, quien tenía un ojo clínico para conocer a las personas con tan solo cruzar unas palabras.

Sin embargo, había transcurrido más de media hora desde que salieron de casa y Ángel ni siquiera le había cuchicheado algo al oído.

—Es pronto—le dijo cuando ella lo rodeo al abrazarlo. Concha lo adoraba, al margen de que era una jovencita muy cariñosa, sobre todo, con sus seres queridos.

Lucas miraba al anciano hasta con ira. Desde el instante en que estrechó la mano del viejo se sintió fuera de lugar. Había pasado de príncipe a cero a la izquierda en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, no tenía más remedio que tragar si quería desvalijar al viejo. Su plan era intachable. Ya había quedado con Mario, su colega de Carabanchel para que le empaquetase dos piezas de biscuit más falsas que Judas a su futuro yerno.

El joven seguía los movimientos de Ángel, quien ya había tomado las porcelanas alemanas, qué él había convenido con su compinche.

—Son isabelinas. Ha hecho usted una excelente adquisición, señor— le dijo Mario mientras envolvía una de las piezas en papel de periódico.

La operación estaba prácticamente hecha, se relamía por dentro Lucas.

—Caballero, ¿dónde va, oiga señor…? —gritó Mario acercándose al anciano, quien abandonaba el puesto sin pagar.

—Tranquilo, yo me encargo—reaccionó Lucas dirigiéndose sus pasos hacia su futuro suegro.

—Ángel, ¿no te gustan? — alcanzó a preguntarle.

—Será mejor que desaparezca de mi vista o tendrá que acompañarme a la comisaría más cercana. Conozco los antecedentes de su amigo. No había que ser un lince para darse cuenta de que estaban tramando algo— sentenció el hombre en voz baja.

—Pero …

—Vi las muecas que se hacían en la imagen de un espejo, justo detrás del mostrador desde donde se reflejada otro chivato biselado pegado a su conocido, ese pieza de Carabanchel.

—¡Sabía que tenías que conocerlo papá! El muy estúpido ignoraba que fuiste policía.

—Lucas, te presento otra versión de mi padre, exinspector superior de la brigada de delitos contra el patrimonio, le espetó Concha con ojos empañados de venganza.

Orilla

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Orilla de la playa. La Manga. Cartagena

Cuando las horas guardan silencio.

Y es tiempo de las estrellas.

Cuando mi ser entra en calma.

Y mi espíritu se descompone a retazos.

Lamentos y heridas, epopeyas y marinas …

Todas caben en mi hondo charco.

Es momento de tus besos.

De sentir la voz de este instante.

En que recurro al arte como un aparte.

Donde solo existen nuestros nombres.

Isla

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Cala Cortina. Cartagena. Septiembre 2021

En el aire la espuma

sonidos de la sal

hablando con el mar

a la orilla un poeta.

En la playa versos,

el velero sois vos,

mi voz se hace una duna

en la naturaleza.

Soy el azul del llanto

me deslizo en susurros.

Toda ella es augurio

Conjuro a las estrellas.

que postulan la escena …

Océano, agua y arena.

Plenitud del celeste.

Cantos a fuego lento

grabados en el viento.

Se oye solo un lamento

clarinete de chirlas.

Y un grumete grita: ¡Islas…!

Pienso en el cometa

cuando llego a la meta,

recibe estas palabras

surgen unas letras …

La sombra

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Máscaras en madera tallada.

Nunca me he atrevido a saltarme las normas, aunque ganas no me faltan. Todo va más o menos bien, es decir, sobrevivo amarrado a las cadenas de lo políticamente correcto, lo que antes llamaban urbanidad. Pero aquella noche una pulsión interna, tal vez avivada por el lado oscuro de la fuerza, esa cara oculta que todos tenemos, me empujó a cruzar el puente del barrio de Triana sin titubear.

La adrenalina de lo prohibido, escarlata tentación para quienes no se conforman con lo cotidiano. No ocurrió nada del otro mundo aquel día, pero fue un anticipo de la sombra que me poseería después. Se llama Julia, aunque entonces aún no lo sabía. La observé al salir de la iglesia. Caminaba despacio hacia un coche. Justo cuando estaba a punto de arrancar el motor, me colé en el vehículo y me senté a su lado sin dejar de mirarla, invitándola a no rechazarme a la primera. La muchacha, mucho más joven de lo que había pensado, comenzó a gritarme y a hacer aspavientos. Fue algo instintivo, puse un beso en su boca y abandoné de ipso facto la escena. Lo hice a propósito. Quería provocarla, despertar su interés hasta el próximo encuentro.

Sin embargo, las cosas fueron de mal en peor. Al día siguiente, le escondí el cubo de la fregona a la latina que limpia el edificio. Le tenía ganas, es cierto. En mi olfato se ha quedado a vivir el olor de su perfume. Esas notas de bergamota macerada como elixir con sabor a besos perversos. “¡Qué buena está la condená!”, y qué ganas tenía de tomarle el pelo, respondí a la voz de mi conciencia que, rápidamente resonó en mi cabeza. “Parece una chiquilla con esos ojazos negros abiertos de par en par, parada en mitad del rellano de la escalera. ¡Qué oportunidad!”, salí de mi apartamento dispuesto a meterle mano, pero en ese momento hizo su aparición ‘La Siniestra’, mi vecina de al lado. La mujer salía del montacargas.

Con esas gafas de culo de botella y el pelo grasiento atrapado en una diadema de carey vieja y descolorida como ella. Esta señora es lo más parecido a la novia de Tutankamón. “¡Se pue ser más fea, pijo!”, me susurró mi fuero interno mientras sostenía la puerta del ascensor al adefesio.

—Doña Blanca, ¿cómo se encuentra? La veo muy joven esta mañana—, le sonrío.

—Tú, sí que eres un chiquillo—, me grita. Cada vez está más teniente la vieja, barrunto.

—Te hace un aperitivo joven. Hace tiempo que no coincidimos ¿Quieres un carajillo o te pongo una Cruz Campo?—, dice la abuela.

—Que sean dos y lo compartimos en la terraza—, contesté guiñándole un ojo para terminar de metérmela en el bolsillo. Se dirigió hacia la cocina embutida en su bata de cola. Lo más parecido a una flamenca, como la que tenía sobre el televisor. Menuda joya de colección. Esto ya no se fabrica y encima funciona como su dueña, se me escapó una sonrisa perversa, recuerdo.

Agarré el aparato a pulso y me aproximé por detrás para lanzárselo con fuerza a la vieja, que miraba minuciosamente el interior de su frigorífico. No soporto ese hábito…

No sé muy bien por qué lo hice. Supongo que me traicionó el subconsciente. Una cacatúa menos. Total, le quedaban dos telediarios, me dije al observar su cuerpo sobre el piso de losas de otra época, como ella.

Arrastré el cadáver por el pasillo hasta la habitación del fondo. Tenía hambre, así que hice un paréntesis para tomarme un pincho antes de seguir a mi presa, la morenaza de la limpieza, quien confiaba siguiera con el trapo en la escalera.

Para mi sorpresa, la mulata no estaba. El placer de asesinar a sangre fría a la vieja requería algo de sexo exprés, escuché alto y claro algo que debía ser mi instinto.

Al salir del edificio me sorprendió la silueta de la muchacha de la víspera. Sentada en un banco parece estar leyendo … Después de unos minutos de conversación logré que olvidase del beso, enfrascado como estaba hablándole de literatura y de mi obsesión por la sombra, ese animal irracional que todos escondemos dentro. Se llama Julia y estudiaba diseño.

Le pedí amablemente que me permitiera compartir ese asiento al aire libre, para después invitarla a mi apartamento con la excusa de mostrarle mi biblioteca. No te imaginabas dónde te metías, le dije mientras le arrancaba la ropa interior sin darle ocasión a abrir la boca …  

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