Pablo y María

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Faro de Navidad. Muelle de la Curra en Cartagena.

María entró deprisa en el piso. A los pocos minutos, la corriente abría una brecha en aquella atmósfera enmohecida por la monotonía. No le tenía miedo, pese a que fuera un extraño. A su lado olvidaba aquella barcaza maldita y los días escondida en la vieja casona.

Él la había encontrado por casualidad. Setenta y dos horas después de que aquel fanático abriese la frontera alentado por su ego. Al principio, Pablo no mostró interés en ayudarla, pero cuando le ofreció una habitación a cambio de que asumiera las tareas de la casa, María le siguió como un perro. La madrugada se alío con la extraña pareja, que se introdujo en el portal a escondidas. Ella era una ilegal sin papeles, sin más documentación que su cuerpo deshidratado y él, un arquitecto con una pila de facturas acumuladas en el buzón; y diez mil seguidores en Instagram, entusiasmados con sus fotografías.

La primera noche la joven apenas habló el poco castellano que sabía. Afortunadamente porque lo destrozaba al pronunciarlo. Pablo le puso un plato de sopa caliente en la mesa de la cocina y le señaló una habitación al fondo del pasillo. Las horas a la intemperie hasta alcanzar la playa del Tarajal habían dañado su vista. Tenía los músculos contraídos de hacerlos pequeños para acomodarse al hueco en el que viajó más de nueve horas, junto a decenas de compatriotas exorcizados por el maná del viejo continente.

Habían transcurrido varias semanas. María se había hecho a la casa, al barrio y hasta a la lengua, que aprendía a golpe de tertulias. Se acostumbró a escucharlas desde la primera noche, cuando él le dio una radio viendo que no conciliaba el sueño. Sus vecinos no podían sospechar de él, así que la chica abandonaba a hurtadillas la vivienda situada en el tercer piso de un barrio anónimo en la Ceuta profunda. Aquellas calles no las pateaban los turistas. Ni falta que hacía. A Pablo le gustaba el olor que rezumaban los muros de las callejuelas empedradas.

Cuando la tuvo al alcance de los ojos, descubrió que María, su verdadero nombre era impronunciable, se había cortado el pelo como un chico y ensayaba muecas de enfado ante el espejo del recibidor. Ella se sobrecogió al ser descubierta y bajó la mirada hacia el suelo. Pablo empezó a reírse al comprobar lo rara que era esa hija de Alá. Le parecía un ser de otro planeta por su comportamiento, extraño en una muchacha que aún no había cumplido los dieciocho.

Y es que María era un niño encerrado en un cuerpo de mujer, aunque aún ambos lo ignoraban. Ella se convirtió en sus manos, y también en su cabeza. Él era lo más parecido a la declaración de los derechos humanos con patas, y no porque se hubiese colado por aquella niña, que eso vino después, sino por la bondad de su alma.

Pablo no es que fuera un santo, pero no sabía hacer el mal, una actitud universal del alma divina que todos traemos en la mochila de la cigüeña. Así ambos encajaron al unísono porque, aunque no usaban las mismas palabras, sí compartían ese sentimiento de armonía con el otro. No había otro remedio. Ella era lo más parecido a una cotorra, al menos eso pensaba Pablo, hasta el día en que recogió sus pertenencias y se fue sin decirle adiós. Esas veinticuatro horas fueron eternas para él, en el instante en que se dio cuenta de que solo hablaba con María. Para entonces, ya se había transformado en Mario y apenas quedaban vestigios de ella en su cuerpo.

Publicado por María Jesús Galindo Bollain

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12 comentarios sobre “Pablo y María

  1. He leído tu cuento, la verdad me ha sorprendido bastante cómo nos acerca a esa problemática social que aún siendo conscientes, la mayoría de la gente mira hacia otro lado. Y son personas igual que nosotros. Me da pena que la vida humana importe tan poco. Estupendo relato.

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      1. Preciosa historia .Nos hace bien leer este tipo de mensaje que destaca lo mejor del ser humano.
        Y relatado como tu lo haces llega al alma.

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  2. Leer este relato me ofrece una visión más optimista que la imagen que estamos viendo a diario en las noticias. Es muy triste lo que sucede, la mayor parte no la vemos. Me quedo con lo que me transmite tu historia: las almas buenas se encuentran y se ayudan. Muy a tono con la realidad tu tema de hoy. Gracias por acercarnos a esta realidad.

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