La pareja de biscuit

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Pareja de biscuit en un columpio.

Aún tuvieron que aguardar un rato en la cola. Ángel y Concha hablaban entre ellos, mientras que Lucas parecía absorto en sus pensamientos. En cuanto se abrieron las puertas, el anciano y su hija accedieron al recinto, seguidos del joven.

Ángel se había dejado en el coche el sombrero, por lo que su prominente calva relucía entre las luminosas y variopintas luces, que sobresalían allá donde pusieran la vista. Además de los clásicos colmillos de marfil, porcelana inglesa y de satsuma, así como todo tipo de bastones de finas maderas con empuñaduras trabajadas en plata y en hueso, no faltaban los bargueños con incrustaciones de ébano, nácar y palosanto; además de loza y balancines de madera. Esos caballos le encantaban al octogenario, quien consideraba que para esas piezas siempre había un hueco en su casa.

Todos los días, Ángel se cambiaba de reloj y de corbata. Su repertorio de gemelos era amplio, desde las máscaras de la ópera china hasta una simple cola de ballena de plata. Nada que ver con Lucas, el novio de su hija. Ángel no tragaba al chico. Le parecía un auténtico pelele, pero no tenía más remedio que “fastidiarse con j”. Lo mismo que le respondía a su mujer cuando él se presentaba con una nueva pieza de colección, cosa que ocurría al menos una vez al semestre.

Sabía comprar porque se movía como pez en el agua entre los clientes de subastas, casas de empeños, rastros y todos aquellos lugares donde se respiraba un olor añejo, a veces avinagrado como a humedad reseca. A Concha no parecía importarle mucho porque no se separaba de su padre. Ambos iban de la mano siempre juntos. Concha era un clon de su progenitor, aunque no entendía de antigüedades. A ella desde que salía con Lucas parecía que lo único que le importaba era la arquitectura. Al menos eso era lo que pensaba el anciano.

Concha, quien acababa de presentarle a su nuevo novio, aún no sabía si ambos encajarían porque, a siempre vista, parecían muy diferentes. La chica confiaba en el olfato de Ángel más que en ella misma. Esta vez lo tenía muy claro. Si el chico no era del gusto del anciano se lo pensaría. Tampoco llevaban tanto tiempo juntos y estaba demasiado escarmentada. Se guiaría por el instinto del experto, quien tenía un ojo clínico para conocer a las personas con tan solo cruzar unas palabras.

Sin embargo, había transcurrido más de media hora desde que salieron de casa y Ángel ni siquiera le había cuchicheado algo al oído.

—Es pronto—le dijo cuando ella lo rodeo al abrazarlo. Concha lo adoraba, al margen de que era una jovencita muy cariñosa, sobre todo, con sus seres queridos.

Lucas miraba al anciano hasta con ira. Desde el instante en que estrechó la mano del viejo se sintió fuera de lugar. Había pasado de príncipe a cero a la izquierda en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, no tenía más remedio que tragar si quería desvalijar al viejo. Su plan era intachable. Ya había quedado con Mario, su colega de Carabanchel para que le empaquetase dos piezas de biscuit más falsas que Judas a su futuro yerno.

El joven seguía los movimientos de Ángel, quien ya había tomado las porcelanas alemanas, qué él había convenido con su compinche.

—Son isabelinas. Ha hecho usted una excelente adquisición, señor— le dijo Mario mientras envolvía una de las piezas en papel de periódico.

La operación estaba prácticamente hecha, se relamía por dentro Lucas.

—Caballero, ¿dónde va, oiga señor…? —gritó Mario acercándose al anciano, quien abandonaba el puesto sin pagar.

—Tranquilo, yo me encargo—reaccionó Lucas dirigiéndose sus pasos hacia su futuro suegro.

—Ángel, ¿no te gustan? — alcanzó a preguntarle.

—Será mejor que desaparezca de mi vista o tendrá que acompañarme a la comisaría más cercana. Conozco los antecedentes de su amigo. No había que ser un lince para darse cuenta de que estaban tramando algo— sentenció el hombre en voz baja.

—Pero …

—Vi las muecas que se hacían en la imagen de un espejo, justo detrás del mostrador desde donde se reflejada otro chivato biselado pegado a su conocido, ese pieza de Carabanchel.

—¡Sabía que tenías que conocerlo papá! El muy estúpido ignoraba que fuiste policía.

—Lucas, te presento otra versión de mi padre, exinspector superior de la brigada de delitos contra el patrimonio, le espetó Concha con ojos empañados de venganza.

Publicado por María Jesús Galindo Bollain

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