Carpe Diem

Dársena del muelle de cruceros. Cartagena.

Lento y con levante llegas

Arrasas como tormenta

Frena la cámara lenta

Que no te arrastren las meigas.

Ya es hora de que te vengas.

Agarra fuerte el timón

Ya se acabó la canción

Escuchando estás mi voz

El mundo no es tan atroz

Ahora toca, ¡carpe diem!

Espejos

Fuente del Jardín de los cactus. Lanzarote.

No me gustan los espejos

no soporto las preguntas

me inquietas y no me inquietas

como los silencios cojos.

La cadencia de lo incierto

La certeza de tus actos

La amargura de este llanto

Acaricias mi secreto.

Te susurro en mis versos

No edulcores ni disfraces tu alma

Se traviesa, rabiosa, princesa

Jarrea tu furia en madrugadas.

En esta hora atrevía y maldita

Salen a bailar las meigas

Miro el miedo en mi cuerpo

Me delato en tu espejo.

Piedras

Oasis en piedras.

Los colores de mis piedras

Son voces de los ancestros

Se elevan como las hiedras

Mudos, espasmos sin rostros.

Rodados en las corrientes

Gritan. Se hacen más patentes

cuando atraviesan las mentes

y conquistan a las gentes.

En rosa, chicle y cristales

con sabor a minerales,

atraviesan los volcanes

gravitan por mis eriales.

Inquietan la paz del karma

marchad, dejadme, ir en calma.

Sube a lo alto de esta palma

y haz temblar hasta mi alma.

Semipreciosa majestad

Aplaca ya mi tempestad

Quisiera hallar ya esa, mi paz

Callas, sabes que soy capaz.

Los colores de mis piedras

Rodados en las corrientes

En rosa de mar y en cristal

Semipreciosa y mineral.

Algodón de azúcar

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Collage Carpe Diem. Achis. Cartagena

El labial de tu boca, esa humedad en gotas

color de tu mirada embrujada en chispas.

Aderezo de estrellas… es tu ola marejada.

Sueño con tu morada; esa estancia vetada.

El beso del silencio, mis manos semi atadas.

Sueño con tu morada; esa estancia vetada.

En ese espacio nuestro del alma encajonada.

No corras. Di: ¡Carpe Diem! Sé el azúcar de mi herida.

Enfúndate mi dolor, clamo desde mis entrañas.

Metete en esta lata. A ver si tu me apañas.

Esta tempestad rota. Sueño con tu unicornio.

Ángel en mis desvelos. Ven y dame más lata.

Tú guíñame esos ojos, gozo en soñar despierta.

Arco iris de tú seda en todas mis corbatas.

¡Salta!

Instalación de figuras en resina.

Ahora hasta me sobra cuando antes fue único

días de hasta treinta horas en una larga madrugá

con ganas y de fiesta. Le hago la cobra al reloj.

Me fundo toa la pasta … sin guita en un plis plas.

Litronas bajo el puente, versos improvisados

historias en un reloj … nunca gasto la arena.

Y es que tengo pasta hasta decir basta

polvo de Campanilla en busca de Peter Pan.

Como tunante en fiesta que de cama en cama va.

Ramera y rastrera. Hija de Satán,

truhan entre bambalinas con pilas alcalinas.

Da el salto. Sé valiente, ¡sigue al viento del Este!

no pierdas tiempo … aguja de Dalí.

Conjuras con tu meiga, salta Ángel, salta ya.

El manuscrito

Escalera barroca de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Martín entra en el aula despacio. Siempre anda a paso ceremonioso cuando se dispone a dar una charla. Ya en la tarima posa el maletín en la mesa y, sin mirar al respetable, pasea su mano por la pizarra haciendo círculos con la gamuza que siempre guarda en el bolsillo. Aunque su oficio son las letras, su vestimenta es más propia de un científico. Einstein, ese es el apodo que su uniforme le ha granjeado entre sus colegas del campus.  

Acostumbrado a trabajar en soledad, al joven le asalta el pánico escénico cada vez que el rector le pide que salga al ruedo con un nuevo taller. Por ese motivo, suele embutirse en la bata blanca de su laboratorio creativo, como denomina al frío despacho en que sueña otras vidas. Se trata de una muleta simbólica que le aporta seguridad.

El respetable parece ignorarle. Se siente invisible entre las charlas y el alboroto que sacuden el hemiciclo. Aún no comprende la cruzada de su superior por abrir la mente de los estudiantes, a toda hora enfrascados en darle a la sin hueso. Fiel a su ritual, Martín busca con movimiento exquisito el ejemplar de bolsillo de Romeo y Julieta que atesora en su maletín. Contiene el aire en su pecho, no halla el libro de Shakespeare y, ya punto de tirarse de la calva, tropieza con el borrador de su obra.

Nadie va a notar la diferencia, sospecha mientras sustituye la lectura del dramaturgo inglés por el manuscrito de su novela, que atesora oculta en el maletín de piel de camello. Su olor le transporta al Sahara donde su alter ego se instaló hace ya varios unos meses, los mismos que han pasado desde su debut como docente. Y así desapercibido entre los tuaregs del desierto, el maestro no advierte la atención de sus alumnos, quienes absortos por la figura del protagonista permanecen embobados en su discurso, presos del conjuro de alguna tribu nómada.

Siente como si el tiempo se hubiese detenido y solo cuando la campana rompe la monotonía del tiempo, para anunciar el ansiado descanso entre las clases, se percata del silencio que lo ha precedido. Su estupor coincide con los aplausos de los estudiantes. Sin dudarlo se alternan en ‘tempos’, como los instrumentos de una orquesta y rompen en vítores. Abochornado ante la respuesta a su oratoria, el maestro metido aún en su piel de escritor, parpadea boquiabierto. A los pocos segundos, sale por la puerta con el rostro tiznado en bochorno.

Una vez en casa, Martín no comenta lo ocurrido con su mujer. La vergüenza aún reside en su memoria, así que sueña con que ese recuerdo entre pronto en el olvido para regresar a su rutina. Luisa lo mira de reojo y sonríe para sus adentros. Sabe que es solo un pequeño avance, pero por algo se empieza. Además, él ni se ha percatado de su presencia en el aula esa mañana, así que le escribe un mensaje al rector dándole las gracias por el gesto. Si Martín supiera que ha sido ella la responsable de la desaparición del libro de Romeo y Julieta. Su propósito era dejarlo sin más recurso que el borrador de su novela para cumplir las directrices del rector, cómplice de su plan.

Al día siguiente pasa media mañana enfrascado frente al folio en blanco. Ni se acuerda de si tiene alguna clase pendiente por lo ausente que está de la realidad. Tras el ventanal del despacho, la lluvia azota en forma de tormenta los muros de la institución, pero Martín está puliendo su sable en el interior de una jaima.

El sonido del teléfono le obliga a regresar de golpe a la realidad. De nuevo, el insigne e ilustrísimo le pide que haga un paréntesis en su asueto para un taller del todo improvisado. Esta vez es en el salón de actos de la universidad. Martín no advierte diferencia en el cambio de escenario. Para él no deja de ser un nuevo reto que tiene que enfrentar.

A su pesar se levanta y, sin desprenderse de su bata blanca, abandona el despacho tentado a entrar a la sala de profesores por si alguno de sus compañeros tiene ganas de lucirse ante el claustro. Normalmente, esas reuniones suelen ser multitudinarias y la perspectiva no le seduce en absoluto.

Al igual que la víspera, el profesor atraviesa en silencio la puerta del salón de actos aferrándose a su maletín parapetado en su axila. No despega la mirada de las piezas del parqué del piso, como si su mente se encontrase ausente y a miles de kilómetros, en otro continente. Está tan distraído que no ve la pizarra instalada en el escenario. Con su inseparable gamuza, hace desaparecer los restos de tiza. Sus movimientos son lentos, circulares, como si estuviese siguiendo un guión más de su modus vivendi. Sin embargo, esta vez es reincidente y, sin pensarlo siquiera, declama unos versos de William Shakespeare.

El muelle

Dársena del muelle de Cruceros. Cartagena, agosto 2021.

Fuego. Oráculo de lo eterno.

El muelle, eso oculto en mis letras.

Emociones como velas en mis poemas…

Heridas cautivas, prisioneras de mi máscara.

Gritos en el silencio del habla.

Paradas en las estaciones del alma.

Cruces como tormentos, mi culpa.

Flores, como espinas en mis lágrimas.

Lágrimas, como risas de mi orilla…

Desdicha en tachones, nácar de mi esencia.

Éxtasis … ese infinito: ¡Felicidad!

Instante de lo eterno: ¡Divinidad!

Gaviota etérea, … ¡Libertad!

                                         

Valquirias entre las sábanas

Cuesta del Batel. Cartagena

Casi está a punto de amanecer. Olga se fue hace tres horas y aquí sigo, despierto en la cocina con los resultados de la biopsia entre los dedos. Sobre el hule de plástico de la mesa, la pistola de mi padre aguarda su momento. Desde el dormitorio me llega la música de ‘La Cabalgata de las valquirias’, esa pieza musical de Wagner que orquestamos de madrugada entre las sábanas de mi cama.

Me prometí a mí mismo que el día en que Olga fuera mía, podría abandonar este mundo y, ahora, temo más a ese instante que al tumor enquistado en mi pecho. El momento final y, no por miedo a la muerte, sino por el temor que me inspira no volver a ver a mi amada. Ya no es aquella jovencita pizpireta ni tan siquiera una señora de buen ver. Ahora es una auténtica abuela, aunque aún conserva esa chispa especial que hace su mirada única y su sonrisa lo más parecido al maná, salpicado de experiencias. Hace más de medio siglo de nuestro primer beso y hoy, por fin, he cumplido mi sueño.

El caso es que cuando estoy listo para dejar este mundo con los deberes hechos, mis deseos se ven truncados de nuevo por causa de Olga. Primero fue su decisión de elegir a Miguel, la que convirtió mi amor en platónico. Ahora, por el contrario, son sus primeras palabras al abandonar mi lecho, las que nublan mi pensamiento. “Volveremos a vernos”, me ha dicho antes de abandonar mi choza. Y es esa promesa de goce la que frena mis ganas de irme con San Pedro, en este momento en el que me siento completo.

El aroma del café negro recién hecho, que fluye dentro de esa pieza de acero, envuelve mis sentidos entretenidos con el canto de los pájaros, que sobrevuelan mi calle con las primeras luces del alba. Casi sin darme cuenta tomo en mis manos el revolver dispuesto a ejecutar el veredicto, que tiene algo de sabor a leyenda como la heroína que hace unas horas entonaba su melodía de júbilo en mis sábanas. No es un sueño, aún estoy vivo y Olga ha sido mía, me repito.

La silueta de mi cuerpo desnudo se proyecta en el cristal de una de las piezas del mobiliario de la cocina. En unos meses o de Olga a la muerte en un solo disparo. Si ella conociera mi intención de desaparecer después de amarla, se habría llevado el arma. Le quito el cierre al seguro con el propósito de cumplir mi condena, animado por el resplandor de las canas de mi pelo, que me anuncian que estoy más cerca del sueño eterno.

Si me quedo y aguardo el regreso de Olga, este sortilegio de amor que ha fluido en mi mente durante décadas, se transformará en una suerte de quimera. Será que he perdido la razón. Puede que las últimas horas con Olga hayan boicoteado mi cordura. Cierro mis ojos mientras aprieto el gatillo para liberar mi alma, cautiva durante décadas de mi pasión obsesiva por ella.

La pieza de Wagner concluye justo en el instante en que el tono de mi teléfono me avisa de un nuevo mensaje. Sonrío al ver tu nombre en la pantalla. No podía ser de otro modo, quién sino podría acompañarme en estos últimos segundos de mi despedida …

—Amor ni lo intentes. Encontré el arma en el cajón de la cocina cuando me pediste agua. Tengo miedo de que vuelvas a abandonarme. Siempre tuya, Olga.

Sorprendido por la franqueza del verbo de mi alma gemela, me abstraigo en el recuerdo de las últimas horas juntos. Suena el timbre de la puerta, así que corro al baño a por un batín con el que cubrirme. ¿Quién se atreve a importunarme en este momento?, barrunto mientras descubro tu rostro tras la mirilla.

—Abre, traigo las cenizas de Miguel. Vamos a despedirlo.

Al entrar en la cocina, Olga ve la pistola de mi padre sobre la mesa.

—Sé lo del cáncer y vacié el cargador—, me muestra cinco balas en la palma de su mano mientras me ofrece sus brazos.

Desafío

Isla del Barón. La Manga. Cartagena-San Javier.

Apagar soles y encender las lunas

ladrar silencios en horas perrunas.

Desafiar al viento, volar las dunas,

susurrar en claves inoportunas.

Subir las notas de tu pentagrama,

contener la furia de mis olas,

sostenerme en el filo de una rama …

enamorarme entre las amapolas.

Gritar al mar, nadar en el desierto

arrejuntarme a base de caricias

amar hasta dejarte boquiabierto.

Coserme la camisa de tus fuerzas

enmascarar el valor de mi miedos …

catapultar mi locura entre chanzas.

Mi voz

Puesta de sol. La Manga. Cartagena

Encontrarte maldita

disfrazada en músicas …

peregrina de vidas vacías.

Voz miserable, fortuita

invisible y camaleónica

rematada de osadía.

Túnel de mi desdicha,

pasajera de mi vida

perversa maldad de espía

repujada en cacofonías.

Egoísta sin dicha

muerte de despedida

amor de mi noche y mi día

cebo de las ironías.

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