Su familia

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Playa de Las Sirenas. La Manga del Mar Menor. Cartagena.

No fue fácil enderezar de nuevo su vida tras la caída libre. A menudo le sorprendía su cobardía para lanzarse al vacío. Pensar en el dolor que dejaba atrás frenó en seco sus deseos de cerrar el telón y bajar al infierno, a la nada, reengancharse en otro cuerpo. No sabía ni el planeta ni el tiempo.

Le faltaba coraje para apagar las luces y emprender la huida. Miedo, temor a no lograrlo a la primera. Se debatía entre losas que oprimían su espíritu cuando trataba de abandonar las sombras. Hasta que su alma pidió auxilio. La batalla no era sencilla. Aunque no reclamó ayuda, sus silencios se hicieron eco en sus seres queridos.

Su familia le tomó la mano. La acompañó durante su calvario. Se arremango el cuerpo y le puso amor y tiempo, dos dones que solo brindan las almas de corazón puro. Así, sin darse cuenta empezó a respirar, a sentir la necesidad de dar un giro a sus días…

El camino fue pedregoso. Su apatía alcanzó tal magnitud que se sintió incapaz de luchar.  Pero la fuerza de ese amor a su alrededor logró abrir una brecha en su nirvana. Por fin, parpadeó, abrió los ojos y comenzó a escuchar. Y todo lo que oía le sabía a música. Enderezó el timón, sopló las velas y comenzó a navegar. Era feliz.

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